A casi cinco décadas de la desaparición del sacerdote Mauricio Silva, conocido como el “cura barrendero”, la Catedral de Mar del Plata fue escenario de una emotiva misa en su memoria, donde su legado de solidaridad, dignidad del trabajo y compromiso con los más humildes volvió a cobrar fuerza.
La ceremonia se realizó el 30 de junio, al cumplirse 49 años de su secuestro durante la última dictadura militar, y estuvo encabezada por el obispo Ernesto Giobando, quien destacó que “la paz debe ser fruto de la justicia” y reivindicó la tarea de quienes realizan trabajos esenciales como el barrido y la recolección de residuos.
Durante su homilía, Giobando remarcó que limpiar las calles no es simplemente un oficio, sino una labor que dignifica a quien la realiza, tal como lo entendió Mauricio Silva al elegir compartir la vida cotidiana con los trabajadores más humildes.
Antes del inicio de la celebración también se leyó un mensaje enviado por el arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo, en apoyo al homenaje.
Una vida al servicio de los más humildes
Entre los presentes hubo barrenderos y barrenderas, jubilados, referentes sociales, militantes y vecinos que acompañan desde hace décadas el trabajo comunitario de la hermana Marta, una laica consagrada de 85 años que continúa desarrollando tareas solidarias en los barrios más vulnerables de Mar del Plata.
La escritora Alicia Vázquez, autora del libro Gritar el Evangelio con la vida, reconstruye la historia de Mauricio Silva como la de un sacerdote que eligió vivir el Evangelio desde el lugar más humilde.
Nacido en Uruguay e integrante de la congregación salesiana, Silva decidió cambiar el rumbo de su vida tras conocer al sacerdote Arturo Paoli y la espiritualidad de los Hermanitos del Evangelio, inspirada en el ejemplo de Charles de Foucauld.
Convencido de que debía vivir como un trabajador más, ingresó en 1975 como barrendero en la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Compartía una pieza de conventillo con otros sacerdotes, destinaban sus salarios a un fondo común y desarrollaban una vida sencilla, basada en el trabajo, la amistad y la cercanía con los sectores más postergados.
El secuestro que nunca tuvo respuesta
El 14 de junio de 1977, mientras barría una esquina del barrio porteño de Villa del Parque, Mauricio Silva fue secuestrado por un grupo de tareas que se movilizaba en un Ford Falcon blanco.
Su carro y su escobillón quedaron abandonados en plena calle.
Tenía 52 años y nunca volvió a aparecer.
Según relatan quienes reconstruyeron su historia, los represores sabían que era sacerdote, ya que llevaba consigo su documentación. Al día siguiente fue dado de baja administrativamente de su empleo, una decisión que evidenció la coordinación entre la desaparición y las autoridades de la época.
La hermana Marta, integrante de la misma comunidad religiosa, también fue perseguida. Tras varios meses ocultándose y sobreviviendo en distintas ciudades, logró exiliarse primero en Córdoba y luego en Ecuador. Con el regreso de la democracia volvió al país y eligió radicarse en Mar del Plata, donde desde entonces desarrolla una intensa labor social.
Un legado que sigue creciendo
Desde hace más de quince años se realizan misas y homenajes en memoria de Mauricio Silva en distintos puntos del país e incluso en el exterior.
Actualmente avanza el pedido para que la Iglesia Católica lo reconozca oficialmente como mártir por su testimonio de fe.
El cierre de la celebración en Mar del Plata tuvo una imagen cargada de simbolismo. El obispo Giobando recorrió la nave central de la Catedral empujando un carro de barrendero, similar al que quedó abandonado el día del secuestro de Mauricio.
Ya en las escalinatas del templo, mientras los asistentes compartían un mate cocido, un delegado gremial recordó que muchas de las actuales conquistas laborales de los barrenderos comenzaron con las luchas impulsadas por Mauricio Silva.
La hermana Marta, por su parte, dejó una reflexión que sintetizó el espíritu del homenaje: “Seguramente hoy Mauricio elegiría ser cartonero”. Una frase que volvió a poner en primer plano la vigencia de un mensaje basado en la justicia social, la dignidad del trabajo y el compromiso con quienes más lo necesitan.















