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En Gaza, los chicos vuelven a clases tras casi dos años sin escuela formal

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En la ciudad de Gaza, el murmullo de las aulas volvió a escucharse. No hay edificios ni pizarrones tradicionales: las clases se dictan en carpas, entre ruinas y con recursos mínimos. Aun así, para cientos de chicos es el primer regreso a la rutina desde que comenzó la guerra.

El improvisado establecimiento funciona en lo que queda de la escuela Lulwa Abdel Wahab al-Qatami, en el barrio Tel al-Hawa, al sudoeste de Gaza City. El edificio fue alcanzado por bombardeos en enero de 2024 y durante meses sirvió como refugio para familias desplazadas. Hoy, el predio volvió a ser un espacio educativo, aunque de manera precaria.

Según Unicef, más del 97% de las escuelas de Gaza resultaron dañadas o destruidas durante el conflicto. De los 658.000 chicos en edad escolar, la mayoría pasó casi dos años sin educación formal, atravesados por el desplazamiento, el hambre y la pérdida de familiares.

Las escenas actuales reflejan esa fragilidad. Alumnos forman filas tomándose de los hombros y entran sonrientes a las carpas. Algunos docentes enseñan letras en inglés; otros piden escribir palabras básicas en árabe. No es una jornada escolar normal, pero marca un comienzo tras el alto el fuego acordado en octubre entre Israel y Hamas.

Naeem al-Asmaar, de 14 años, estudiaba en esa escuela antes de su destrucción. Durante la guerra perdió a su madre en un ataque aéreo israelí. “Extrañaba mucho la escuela”, cuenta. “Antes teníamos aulas de verdad. Ahora son carpas y sólo vemos cuatro materias. No es lo mismo, pero estar acá importa”.

Rital Alaa Harb, alumna de noveno grado, sueña con ser odontóloga. “La educación quedó totalmente interrumpida. No había tiempo ni escuelas. Extraño a mis amigas y a mi escuela de antes”, dice.

El espacio es gestionado por Unicef y reúne a alumnos del antiguo colegio y a chicos desplazados de otras zonas. Se enseñan contenidos básicos: árabe, inglés, matemática y ciencias. El director, Mohammed Saeed Schheiber, con 24 años de experiencia, asumió en noviembre. “Empezamos con determinación para compensar lo que los estudiantes perdieron”, explicó.

Actualmente asisten unos 1.100 alumnos, divididos en tres turnos diarios y con asistencia alternada entre varones y mujeres. Hay apenas 24 docentes. No cuentan con electricidad, internet ni materiales suficientes. Más de un centenar de estudiantes perdió a uno o ambos padres o fue testigo directo de hechos violentos. Un equipo brinda apoyo psicológico, aunque la demanda supera ampliamente la capacidad.

Las dificultades también golpean a las familias. Huda Bassam al-Dasouki, madre de cinco hijos, asegura que educarlos se volvió una tarea casi imposible. “Un cuaderno que antes costaba un shekel ahora cuesta cinco. Tengo cinco chicos”, relata. Algunos, agrega, arrastran un atraso de hasta cuatro años, sumando la pandemia y la guerra.

Desde Unicef advierten que las restricciones al ingreso de ayuda agravan el escenario. Faltan útiles básicos y kits recreativos y de contención emocional. Israel sostiene que cumple con el acuerdo de cese del fuego y facilita el ingreso de asistencia, aunque organismos internacionales y agencias humanitarias lo ponen en duda.

Mientras tanto, los ataques continúan casi a diario, en medio de acusaciones cruzadas por supuestas violaciones del acuerdo. A pesar de todo, los chicos siguen yendo a clase.

“La educación es nuestra base”, resume la docente Kholoud Habib. “Podemos perder casas y dinero, pero el conocimiento es lo único que todavía podemos darles a nuestros hijos”.

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