Por momentos, la historia parece detenerse. No avanza ni retrocede: simplemente exige. Eso ocurre cada 24 de marzo en la Argentina, cuando la memoria deja de ser un ejercicio íntimo para convertirse en un acto colectivo. En ese umbral se inscriben las palabras de Adriana Metz, integrante de Abuelas de Plaza de Mayo, quien trazó en Radio 10 Mar del Plata un mapa preciso de la conmemoración, pero también del presente.
La marcha, explicó, comenzará a tomar forma desde temprano. A partir de las 14, las agrupaciones irán ocupando el espacio público, como si cada paso fuese una forma de recuperar lo que alguna vez fue arrebatado. El recorrido previsto dibuja un circuito reconocible para los marplatenses: Luro hacia la costa, Buenos Aires, Colón, Independencia y nuevamente Luro hasta San Luis, donde la movilización dará paso a un festival.
No es un simple itinerario. Es una coreografía de la memoria.
Antes de que la columna avance, la ciudad será escenario de intervenciones artísticas, puestos de organizaciones y expresiones culturales. No hay contradicción entre el dolor y la celebración. Metz lo define con claridad: se trata de sostener la memoria desde el respeto, pero también desde la alegría de poder seguir reclamando.
El lema elegido este año condensa una disputa más profunda. “A 50 años, no son cuentos”. La frase busca desarmar lo que Metz describe como un clima de negacionismo impulsado desde el poder. No habla de una sociedad que desconozca, sino de una maquinaria que intenta instalar dudas. Frente a eso, la respuesta es directa: los desaparecidos no son un relato, la búsqueda de los nietos no es una consigna vacía, la justicia social tampoco es una ficción.
En esa tensión entre memoria y presente, la dirigente introduce una mirada crítica sobre el rumbo económico y político. Sin rodeos, vincula los proyectos actuales con aquellos que, según su interpretación, motivaron la violencia del terrorismo de Estado. La historia, en este punto, no aparece como pasado cerrado sino como advertencia.
Sin embargo, donde otros verían desánimo, Metz encuentra señales de persistencia. En las escuelas, dice, los jóvenes no niegan: preguntan. Quieren saber cómo se reconstruye una identidad, cómo se atraviesa una vida marcada por la ausencia y cómo se sostiene una búsqueda durante décadas. Esa curiosidad, lejos de ser menor, es para ella una forma de resistencia.
El dato más concreto de esa lucha es reciente: la restitución del nieto 140. Ocurrió hace apenas ocho meses. Cada hallazgo, explica, reactiva consultas, moviliza dudas, acerca a nuevas personas a las sedes de Abuelas. Luego, el flujo se atenúa, pero nunca desaparece. La búsqueda continúa, con la paciencia de quien sabe que el tiempo biológico corre en contra.
Ahí aparece uno de los puntos más delicados del presente. Metz advierte sobre el debilitamiento de las herramientas estatales. La Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad sigue en pie por ley, pero con menos personal. El Banco Nacional de Datos Genéticos atraviesa incertidumbres operativas. La consecuencia es concreta: menos capacidad para buscar.
Frente a ese escenario, la organización apela a la sociedad. Donaciones, acompañamiento, presencia. Una red que intenta suplir lo que el Estado ya no garantiza plenamente.
También la justicia parece avanzar con dificultad. En Mar del Plata, los juicios de lesa humanidad continúan, pero con demoras que resultan, para quienes esperan, casi insoportables. Audiencias espaciadas, causas que se dilatan, imputados que mueren antes de ser condenados. La justicia llega, cuando llega, tarde. Y a veces no llega.
En ese contexto, la marcha del 24 adquiere un sentido que excede la conmemoración. Es, en palabras no dichas pero evidentes, una forma de intervención en el presente.
Metz, que nació en 1975, carga además con una historia personal que sintetiza la tragedia colectiva. Sus padres fueron secuestrados durante la dictadura. Su hermano, apropiado al nacer, fue recuperado décadas después. La historia, en su caso, dejó de ser una categoría abstracta para convertirse en experiencia.
“Ahora sé dónde está”, dice. No es una frase menor. Es el final de una incertidumbre que atravesó generaciones.
Cuando se le pregunta qué le diría a quienes dudan en participar de la marcha, su respuesta es sencilla y, a la vez, profunda: que vayan, que pregunten, que se acerquen. Que recorran las fotos, que escuchen, que hablen. Porque hay preguntas que tienen respuesta, y otras que todavía la están buscando.
La memoria, en definitiva, no se impone. Se construye.
Y cada 24 de marzo, en ciudades como Mar del Plata, vuelve a ponerse en marcha.
















