Mientras Israel avanza en su operación para ocupar completamente Ciudad de Gaza, miles de desplazados que llegaron a la franja sur describen un panorama de hacinamiento, hambre y falta de agua
Las escenas que se repiten en al-Mawasi, la franja costera que Israel declaró como “zona humanitaria”, distan mucho de lo prometido. Familias enteras denuncian que el lugar se ha convertido en un campamento masivo sin servicios básicos y cada vez más inseguro.
“Vivimos en condiciones tan duras que ni un animal podría resistirlas. Pensamos que aquí habría agua y refugio, pero terminamos durmiendo en la calle”, relató Sylvia al-Shurafi, madre de dos hijos que debió huir esta semana hacia el sur de Gaza.
El descontento creció aún más tras dos bombardeos israelíes contra carpas en la zona de al-Qarara, cerca de Khan Younis, que dejaron al menos dos niños muertos y varios heridos, según reportaron periodistas desde el hospital Nasser. La BBC solicitó respuesta al Ejército israelí, pero aún no hubo comentarios.
Un refugio que se vuelve insostenible
Israel ordenó a cientos de miles de residentes de Ciudad de Gaza trasladarse hacia al-Mawasi con la promesa de mejores condiciones. Sin embargo, quienes lograron llegar —después de largas caminatas o pagando sumas elevadas por transporte en rutas congestionadas— describen una situación desesperante.
“La situación empeora día a día. Todo está colapsado. La gente duerme al costado de las calles porque no encuentra dónde instalarse”, explicó Olga Cherevko, vocera de la Oficina de Coordinación Humanitaria de la ONU (Ocha), tras visitar el lugar.
En el área se multiplican las carpas pegadas unas a otras, sin espacio ni intimidad. “Escuchás cada palabra de tu vecino y hasta cuando va al baño. No hay cloacas, ni agua suficiente. Esto es sufrimiento real”, graficó Mohammed Ismail, padre de familia que lleva semanas en el improvisado campamento.
Restricciones y falta de ayuda
Según imágenes satelitales, al-Mawasi se expandió desde agosto, cuando Israel intensificó su ofensiva sobre Gaza. La ONU advierte que más de dos millones de palestinos están siendo empujados a vivir en apenas el 13% de la superficie total de la franja.
Pese a los esfuerzos de cocinas comunitarias y clínicas móviles, la demanda desborda la capacidad instalada. Además, los trabajadores humanitarios aseguran que las restricciones israelíes sobre el ingreso de ayuda complican aún más la asistencia: alimentos como la manteca de maní fueron catalogados como “lujos” y permanecen bloqueados en las fronteras.
“Cada movimiento de los convoyes necesita coordinación israelí, y muchos son rechazados o incompletos”, denunció Ocha.
















