La imagen duele porque es real. Un pibe tirado en un colchón en la vereda, agotado, con la caja de reparto todavía en la espalda. No es una metáfora. Es una postal cotidiana de la Argentina actual.
Mientras se habla de modernización laboral y de flexibilización como si fueran sinónimos de progreso, miles de trabajadores viven al día. No tienen contrato, no tienen vacaciones pagas, no tienen obra social. Si no pedalean, no comen. Así de simple.
El salario mínimo no alcanza para alquilar. Los despidos en la industria se multiplican. Cada fábrica que achica personal empuja a más hombres y mujeres al circuito informal, a las aplicaciones, al monotributo forzado, al “arreglate como puedas”. La calle se convierte en oficina y el celular en patrón.
Se instaló la idea de que cualquiera puede reinventarse. Que el que se queda sin trabajo formal puede salir a repartir, manejar un auto o “ponerse un parripollo”. Como si fuera tan sencillo. Como si no existieran el desgaste físico, la competencia feroz y la incertidumbre diaria.
La Argentina de hoy es la del cansancio acumulado. La del trabajador que suma doce horas arriba de la bicicleta para juntar lo justo. La del joven que posterga estudios porque necesita ingresos ya. La de familias que recortan comida para pagar un alquiler que no deja de subir.
No es una discusión ideológica abstracta. Es concreta. Es el cuerpo que duele, es la espalda cargada, es el miedo a que la aplicación te bloquee y te quedes sin nada.
















